Día a Día

14 de febrero sin vitrinas

Miro desde la ventana y el sol cae sin pudor, quemándome la cara y, de paso, los pensamientos. Hay días en que la luz no aclara nada; solo expone el cansancio. Me siento nublada. No quiero seguir planificando febrero, como si este mes —al menos aquí, en Santiago de Chile, tuviera una forma particular de apretar el pecho. Febrero siempre me ha parecido un domingo largo.

De esos que, cuando éramos niños, venían cargados de tareas pendientes y uniformes ordenados a la fuerza. De esos que, ya de adultos, se parecen demasiado a la antesala de la rutina: el trabajo esperando, los horarios volviendo a ocupar su lugar. El verano se va, y con él, para muchos, las vacaciones. Algo se termina, aunque todavía haga calor. Y sin embargo, la calle sigue. Veo pasar a jóvenes —y a otros que ya no lo son tanto— cargando bebidas, algo decomida, quizá una intención de celebrar. Mañana es 14 de febrero, el día de los enamorados. No abundan los regalos. Algún globo aislado, una rosa decorativa, un chocolate cualquiera. Nada ostentoso. Tal vez la economía no da para más. Tal vez elamor hoy se expresa con menos envoltorio. También están las familias.

Padres empujando coches, niños en brazos, otros tironeando por un helado, una galleta, una bebida fría. A ellos parece habérseles olvidado la fecha. Y no por descuido: simplemente hay otras urgencias. El bebé que llora, el niño que corre, la vida que no se detiene para celebrar nada. La señora camina con el bolso pesado, la mirada cansada. El amor, ahí, no se anuncia con globos. Se carga. Y yo observo todo desde la ventana. Pienso que quizá este día ya no habla tanto de enamorados como de vínculos silenciosos. De afectos que no siempre se nombran. De rutinas compartidas. De cansancios acompañados. De amores que no se compran, pero sostienen. A mí, creo, tampoco me importa demasiado la fecha. O tal vez sí, pero de otra manera. Porque el amor no siempre llega el 14 de febrero. A veces aparece un viernes cualquiera, a las cuatro de la tarde, cuando uno se permite mirar la vida pasar y reconocer que, incluso en medio del hastío, seguimos buscando consciente o no— algún gesto que nos haga sentir menos solos. Y ahora te pregunto:

¿cómo se vive el amor en tu día a día: en lo que haces, en con quién compartes, en lo que cargas en silencio?