Muertos en vida
"Un retrato íntimo de lo que perdemos cuando sobrevivir reemplaza a vivir"
Nunca imaginé que la vida pudiera cambiar tanto.
No de golpe, no con un estruendo, sino así: despacio, casi con cortesía, como si la pérdida pidiera permiso antes de instalarse.
Crecí en una casa amplia, generosa, de esas que parecían respirar junto a uno. Una casa viva. El suelo no era solo tierra: era promesa. Había espacio para plantar flores y árboles frutales, para ensuciarse las manos sin culpa, para sentarse en las tardes a recibir el sol como quien recibe una bendición silenciosa. Podía pasar horas leyendo un libro mientras el tiempo, obediente, se detenía.
Recuerdo los periódicos extendidos sobre la mesa, el sonido de las hojas al pasar, el olor persistente del jardín: jazmines, rosas, gardenias, lavandas. El aire estaba lleno de algo que hoy no sé nombrar, pero que entonces era cotidiano. Los árboles daban frutos sin pedir nada a cambio —limones, duraznos, naranjas— y las frutillas que mamá plantaba con una paciencia casi sagrada crecían como si supieran que eran esperadas.
Ese mundo parecía eterno.
Uno cree que lo esencial no se acaba.
Pero se acaba.
Los estudios, el trabajo, la vida misma —esa palabra tan grande— me empujaron lejos de ahí. No hubo despedida formal. Solo un “es lo que toca”, dicho en voz baja, como si así doliera menos. Y ahora estoy aquí. Enjaulada.
Vivo entre muros que no conocen el sol, ventanas que apenas se atreven a mirar el cielo y pasillos que no guardan nombres ni historias. Todo es igual. Todo es funcional. Todo es frío. Mamá solía decir que los edificios se parecen a los nichos de un cementerio. Yo me reía. Me parecía exagerada, dramática. Hoy, con el paso del tiempo, siento un escalofrío al recordarlo: tenía razón.
A veces creo que quienes vivimos aquí no somos habitantes, sino presencias. Almas cansadas que suben y bajan por los veinte pisos del edificio como si repitieran una condena silenciosa. Ascensores que van y vienen cargando cuerpos exhaustos, miradas vacías, respiraciones automáticas.
Los veo salir de madrugada, con la noche todavía pegada al rostro. Caminan rápido, como si huir fuera posible. Los veo volver cuando el día ya se ha ido, cuando el cansancio pesa más que el propio cuerpo. Entran a sus departamentos a descansar como Drácula en su ataúd: buscando oscuridad, silencio, olvido.
No conversan. Apenas comen. El cansancio les ha robado la voz, el hambre, el brillo en los ojos. Solo quieren dormir. Dormir para no pensar. Dormir para no sentir. Dormir para repetirlo todo al día siguiente.“No es vida, hija”, dice mamá, desde su voz lejana, desde ese jardín que aún respira sin mí.
Y duele admitirlo, pero tiene razón.
Porque esto no es vivir.
Es sobrevivir.
Somos cuerpos que cumplen horarios, que pagan cuentas, que encienden luces sin saber por qué. Muertos de tanto trabajar. Muertos de rutina. Muertos de silencio. Caminamos, respiramos, respondemos mensajes, pero algo esencial quedó atrás. Algo se perdió sin que nos diéramos cuenta. Algo quedó enterrado en un jardín que olía a flores y fruta madura, esperando que alguien vuelva.
Si estas palabras te hicieron detenerte un segundo, no es casualidad.
Algo en ti reconoció esta historia como propia. Escríbelo. Cuéntanos, desde la emoción, qué parte de tu vida sientes que se apagó y cuál aún resiste en silencio.


