La casa que se fue apagando
Relato de vida
Hay experiencias que no llegan haciendo ruido. No golpean la puerta ni dan aviso. Simplemente se instalan, como una sombra silenciosa, y desde ese momento todo comienza a sentirse distinto. Con los años, cuando intentamos volver a ellas, descubrimos que no fue el miedo lo que más marcó… sino la imposibilidad de explicarlas.
Siempre me consideré una persona escéptica. Confiaba en la razón, en lo concreto, en aquello que puede demostrarse. Por eso, cuando pienso en lo que viví a los 18 años, aún me cuesta decidir si fue un sueño prolongado, una crisis del alma… o algo que escapó por completo a mi comprensión. Ocurrió a comienzos de la primavera, en el sur de Chile, en los años noventa, dentro de una casa construida con sacrificio, esperanza y una profunda idea de hogar.
Era una casa cuidada con devoción. Mi madre protegía cada rincón como si fuera un templo: pisos impecables, silencio respetado, un orden casi sagrado. Nada parecía fuera de lugar. Sin embargo, pasaron algunos meses y, hacia fines de diciembre, algo comenzó a apagarse lentamente, sin dejar huellas visibles.
Las noches se volvieron inquietas. Al apagar la luz, sentía una presencia en mi dormitorio. No tenía forma ni nombre. No la veía, pero la percibía con una certeza que me helaba el cuerpo. Dormir dejó de ser descanso y se transformó en resistencia. Cada noche era una vigilia silenciosa.
Busqué refugio en la fe. Rezaba, leía la Biblia, intentaba convencerme de que todo tenía una explicación. Pero la calma no regresaba. La casa empezó a sentirse extraña, como si ya no me perteneciera. Mi ánimo cambió, el cansancio se acumuló y mi espíritu comenzó a apagarse poco a poco. Me aislé. Leía sin descanso porque dormir era imposible. Aquello que antes me daba alegría —la música, el sol, la naturaleza— dejó de conmoverme.
Y entonces ocurrió algo aún más perturbador...
Moscas comenzaron a aparecer en mi habitación. No entraban por las ventanas. Surgían desde los enchufes, caminaban por las paredes, no volaban y no morían con insecticida. Día tras día regresaban, como si el cuarto se hubiera convertido en un espacio ajeno, inhabitable. Con ellas, mi salud se deterioró aún más: perdí el apetito, las fuerzas y el deseo de estar con otros.
Mi madre empezó a temer de verdad. Una noche soñó que entraba a mi dormitorio para despertarme y, al mover las sábanas, solo encontró mi cabello… sin mi cuerpo. Despertó llorando, convencida de que algo no estaba bien. Buscó explicaciones racionales, revisó la casa entera, llamó a otras personas. No encontraron nada. Absolutamente nada.
Meses después, dejamos ese lugar. Irnos fue un alivio difícil de describir. Yo nunca quise volver. Aún hoy, cuando pienso en esa casa, siento que algo de mí se quedó allí… o quizás logró escapar.
Han pasado los años y sigo sin respuestas claras. Solo sé que hay casas que no se abandonan: se apagan. Y que existen vivencias que no caben en la lógica, que se alojan en un rincón profundo del alma y esperan ser contadas.
Si este relato despertó algo en ti, si alguna vez viviste una experiencia que no logras explicar del todo, en Voces de la Vida queremos leerte.
Tal vez tu historia no busca respuestas, sino compañía.
Anímate a escribirnos y compartir lo que aún guardas en silencio


