SOBRENATURAL

No era un sueño: era amor

Hay pérdidas que no aparecen en las noticias. No tienen fecha oficial ni ceremonia, no convocan multitudes ni palabras solemnes. Son pérdidas silenciosas, de esas que se quedan contigo cuando cierras la puerta, cuando apagas la luz y cuando el silencio, por fin, encuentra su lugar en la casa y también en el pecho.

Nunca conocí a mi abuela materna. Solo su nombre: Norma Ester. Y, aun así, siempre supe cómo era. No por fotografías ni relatos formales, sino por la forma en que mi madre la hacía vivir en sus gestos, en sus recuerdos y en su manera de amar.

La imaginaba hermosa, como mi madre: cabello rubio color miel, ojos castaños y una piel clara, casi luminosa. Mi mamá decía que había heredado mucho de ella, salvo el color del cabello, que en mí se volvió más oscuro, como si la vida también dejara marcas visibles con el paso del tiempo.

Para mi madre, Norma Ester no era solo un recuerdo: era presencia. A los diez años aún sentía el calor de sus brazos, la dulzura de su voz y la ternura de lo cotidiano. Dormían juntas, conversaban en voz baja y, cada noche, su madre le contaba cuentos antes de dormir. Ese era el momento más esperado del día. Ese era, sin exagerar, el lugar más seguro del mundo.

La mañana del 2 de noviembre de 1960, a las ocho en punto, su madre no despertó más.
—Mamita, buenos días… ¿cómo estás? —dijo.
La miró una vez, y otra, y otra más.
—Mamita… ¿por qué no despiertas?

Después le dijeron que se había ido al cielo

Mi madre la vio por última vez con un vestido beige y un suéter celeste. El cabello largo, casi infinito. El rostro sereno, como el de alguien que ya sabía algo que los demás aún no comprendían. Durante mucho tiempo se preguntó si volvería a verla alguna vez, quizás en el cielo, quizás en la tierra.

La extrañó con un dolor que no cabía en palabras. Por las noches lloraba en silencio, pidiéndole que volviera. La soledad se instaló tan hondo que pasó casi dos años sin hablar. Enmudeció. Sus hermanos fueron repartidos entre distintos familiares y nada, nunca más, volvió a ser como antes.

Ya en la adolescencia, bajo noches largas y estrelladas, le pidió a Dios un solo regalo. No pidió riqueza, ni respuestas, ni explicaciones. Pidió solo uno: volver a ver a su madre.

Y un día ocurrió

Estaba en su dormitorio cuando vio entrar a Norma Ester. Tenía la misma voz del último día, la misma ropa y la misma ternura intacta.
—Hola, mamita… ¿vienes a buscarme?
—No, hija —le respondió—. He venido a verte. Tengo permiso del Padre Dios. Quiero conversar contigo.

Se abrazaron. Mi madre lloraba y le suplicaba que se la llevara con ella. Salieron del dormitorio —recuerda haber dejado la puerta con llave—, buscaron las llaves y se sentaron juntas en una banca del jardín, como si el mundo todavía pudiera detenerse para ellas.

—Quiero que estés bien —le dijo su madre—. Soy muy feliz en el cielo. Quédate tranquila. Algún día nos volveremos a ver.

—Mamita, no te vayas… —alcanzó a decirle.

Norma Ester la abrazó con una alegría serena y, entonces, mi madre sintió un calor inmenso y profundo, como si el sol mismo la envolviera. No había miedo ni tristeza, solo amor. Un amor que lo llenaba todo y que parecía darle sentido incluso a la pérdida.

Entre una neblina suave, mi madre desapareció.

Desde ese día vivió con esperanza. Algún día te volveré a ver, mamita, pensaba. Y, por primera vez en mucho tiempo, dejó de sentirse sola.

A veces no buscamos explicaciones ni certezas. A veces solo necesitamos consuelo, sentir que alguien nos acompaña, incluso cuando el mundo insiste en que ya no está.

Y ahora te pregunto, con respeto y con el corazón abierto:
¿te ha pasado algo similar?
¿Hay alguien que siga contigo, aunque todos digan que se fue?

Si quieres, cuéntanos tu historia. Aquí, alguien te lee.